viernes, 10 de diciembre de 2010

VIAJE INFINITO A BORDO DEL "DESTINO" - 11

CAPÍTULO 11 - A solas
por Alex Godmir

Las misteriosas maniobras del barco habían enviado un bote al agua, hacia la costa, para traer a bordo a aquella mujer de tez dorada y flamígera cabellera, que dijo llamarse Zabbai Zainib.
     Bien, era la última, ya estaban todos, y él, Cecil Deathlone, el médico desahuciado, el exiliado que había huido de una condena cruel para caer, tal vez, en algo peor, se sentía más turbado y preocupado que nunca. El agotamiento estaba a punto de vencerlo.
     Pretextando un quehacer imaginario, al poco del nuevo encuentro y las presentaciones de rigor, se escapó hacia el interior del barco para buscar a tientas y sin testigos su propio camarote. Empezaba a conocer aquel navío extraordinariamente bien. No sabía a ciencia cierta si eran los ya familiares olores, el tacto de los mamparos pulidos que recorría con los dedos cada vez, o el sonido que devolvían en los estrechos pasillos los susurros y los roces. El caso es que conseguía orientarse mejor que nunca en su vida.
    
Llegó por fin a su camarote, entró y cerró la puerta. Tan pronto como se cercioró de que no había nadie más allí dijo las palabras.
─Desitum!
     Acto seguido pudo notar cómo el conjuro dejó de tener efecto y un cansancio extremo se apoderó de él. Las piernas le flaquearon y un ligero mareo le hizo apoyar las manos en la pared. El hechizo había estado activo muchas horas y el cuerpo acusaba el esfuerzo, pues la función de aquella magia se había concebido para situaciones puntuales menor duración.
     Tanteó el camino con el tacto, resiguiendo toda la pared hasta alcanzar la cama, donde se dejó caer. Sus sentidos volvían a funcionar normalmente y el cambio respecto a las horas anteriores resultaba exagerado. Le parecía que apenas podía oír, oler o notar con el tacto. De su capacidad visual ni se preocupó, pues apenas lograba captar puntos de luz y sombras tenues. El veneno que recorría su organismo era eficiente.
     Decidió apartar su mente de aquel problema, pues en realidad no podía hacer nada para remediarlo. Tan sólo podía retrasar los efectos del virus mediante sellos y hechizos. Así los demás pasajeros del Destino no descubrirían que algo lo estaba matando. No los conocía apenas, aunque intuía que cualquier debilidad le colocaría en desventaja.
     Y la presencia de ellos, como la suya propia, en aquel barco se debía a algún tipo de competición. Todos estaban allí porque alguien o algo había decidido que así iba a ser. La cuestión primordial no pasaba tanto por saber cuál era el premio de salir victorioso, pues se intuía que sobrevivir sería seguramente la meta, sino qué reglas existían.

Se dedicó a pensar en los otros habitantes del Destino. Sin duda sus procedencias abarcaban universos y tiempos diversos, así como experiencias de lo más variopinto. En realidad no sabía casi nada de ellos. Lo que resultaba evidente era que algunos conocían más que los otros la naturaleza y función de la embarcación, si bien no parecían dispuestos a revelar al resto aquella información.
     A juzgar por la manera de hablar y actuar el que menos información parecía poseer sobre todo aquello, salvando a él mismo, era el llamado John Shaft. Su forma de comportarse indicaba que, aunque debía de tener motivos para encontrarse en el Destino, la situación no correspondía a las pautas de su universo. El hombre no poseía conocimientos del mar o sobre los multi-universos. Al parecer en su mundo era miembro de algún tipo de fuerza del orden. Quizás aquella sería su función dentro de aquel peculiar elenco de individuos.
     El hombre máquina, llamado Böortryp, era sin duda un espécimen sumamente curioso. Durante sus años en Rama de Vida había oído hablar de mundos donde la fusión entre ser biológico y mecánico resultaba habitual, si bien aquellos territorios estaban normalmente vedados para la investigación, pues sus habitantes tenían recursos y fuerza suficiente para suponer una amenaza. Aquel ser tenía conocimientos técnicos y sin duda un intelecto extraordinario. Aún así, si se tomaban como ciertas sus palabras, no poseía demasiada información sobre el barco ni por qué estaban todos allí.
     Willibald, que se llamaba a sí mismo señor de Suth Seaxa, también se le antojaba un personaje interesante. Su modo de afrontar los misterios del Destino, siempre con ese aire divertido y amigable, inquisitivo y curioso al mismo tiempo, parecía indicar que sabía más de lo que decía. O quizás simplemente era del tipo de hombres que se entusiasmaban con aventuras y misterios. El tiempo diría cuál era su objetivo o por qué estaba allí.
     La mujer, Asari Misaki había dicho llamarse, suponía sin duda un personaje remarcable. Hasta la aparición del tal Belfast había mantenido oculta su condición femenina, dejando a los demás con la constante sensación de que aquella sombra sabía mucho, quizás todo, sobre el Destino y sus pasajeros. Posiblemente había sido la primera en embarcar, si bien tampoco podía estar seguro de ello. Su frialdad y manera escueta de moverse o expresarse indicaba con claridad que las reglas de aquella competición le habían sido reveladas. O quizás había algo más y no era sólo una mera pasajera.
     Belfast era, de todos los peculiares individuos del grupo, el que más le inquietaba. Tenía el convencimiento de haberse encontrado con él anteriormente, si bien ni su aspecto ni su forma de expresarse le revelaban si realmente así era. Aquel hombre tenía información sobre el barco, sus pasajeros y todo lo que rodeaba a aquella situación. Además parecía poseer poderes o conocimientos arcanos; cómo si no habría podido acercarse al Destino caminando sobre las aguas.
     Y luego estaba la última pasajera aparecida; Zabbai Zainib. La segunda mujer en el barco. Su porte rebosaba seguridad y majestuosidad, casi como si de una reina se tratara. Pero también parecía poseer una vena implacable, un talante fiero e indomable que se manifestaba en su mirada dura y sus maneras poco proclives a la familiaridad.
     Quizás fuera una reina o quizás no. Pero, como bien había dicho Belfast, nadie puede escapar de su pasado. O acaso sí y el Destino era un nuevo comienzo para todos sus pasajeros.

Decidió también apartar de su mente todas aquellas cavilaciones, que tampoco le aportaban nada. Necesitaba centrarse y plantear su situación analíticamente. Su prioridad actual era buscar la manera de retrasar el efecto del virus en su organismo. Lo ideal sería erradicarlo completamente pero asumía aquello como una imposibilidad. Sin los medios necesarios tan sólo podía valerse de su ingenio para lograrlo. Y el ingenio, por agudo y eficaz que pudiera ser, resultaba inútil sin, como mínimo, algún tipo de elemento médico. Pensó en su viejo maletín de prácticas, aquel que había usado cuando estaba empezando a investigar al ser nombrado médico de Rama de Vida. Allí guardaba lo imprescindible para su labor.
     Hundido en aquel pensamiento no se percató de que algo había cambiado en su habitación. Sus sentidos estaban exhaustos tras el esfuerzo de trabajar por encima de sus capacidades bajo los efectos del conjuro potenciador. De todos modos aún estando en plena forma tampoco hubieran podido captar nada.
     En una pequeña mesa junto a la pared un cajón había dejado de estar vacío. Un segundo antes, ausencia de masa, un segundo después un objeto; un maletín. En su interior se encontraba todo lo que cualquier médico de Rama de Vida hubiera podido necesitar para hacer su trabajo.

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