viernes, 3 de agosto de 2012

LOS AMOS DEL DESTINO 51


CAPÍTULO 51 – EL PARAÍSO DE LOS PIRATAS
por L.G. Morgan y Gerard P. Cortés

¿Cuál podría ser el cielo para un pirata?, ¿qué paraíso sería capaz de nacer de la mente de una tripulación mestiza como la del Destino?
Willibald iba sonriendo para sí pensando en tales cuestiones, a medida que avanzaban en su camino e iba cobrando forma y relieve ante ellos la ciudad de Cibola, también llamada Eldorado, una mezcla abigarrada y grotesca de elementos míticos procedentes de las grandes ciudades sagradas de la Antigüedad de diversos mundos.
Una mole resplandeciente, encerrada entre murallas, se levantaba sobre una colina que casi parecía una isla, en mitad del mar de hierba fragante que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, al estilo de Avalón o el Monte Olimpo. La mayoría de los edificios brillaban bajo el sol como si estuvieran hechos de oro. Y con ellos se alternaban cascadas de espuma blanca y remansos de aguas azules coronados por fuentes de piedra y liquen. Pequeños bosques húmedos y aves de resplandeciente plumaje. Idílicas nubes de algodón…
Willibald reconoció de inmediato los misteriosos castillos de Avalón, justo al lado de las pirámides verdes de jungla del imperio de los incas. Blancos templos griegos, de elegantes columnas de pórfido y mármol, salpicados de colosales estatuas de signos diversos. Pero, por encima de todo, algo que captaba totalmente su atención: la profusión de metales preciosos y joyas de todo tipo derrochados en cuanto podía verse. Techos de rubí y zafiro, paredes de plata y lapislázuli, calzadas de bronce batido y ornamentadas orillas. Aquí y allá el derroche y el mal gusto más extremo sentaban sus reales, y la mezcla y variedad de elementos imposibles aturdían los sentidos hasta hacer sentir un empacho sensorial como no hubiera creído posible. Era algo así como encontrar plasmado en la realidad el compendio de miles de años de mitos y de leyendas, sumadas y restadas sin criterio o lógica algunos.
La puerta más monumental que se pudiera concebir se abría en la muralla hacia el este. No había guardias, cerraduras ni cerrojos. Los Amos se sabían invulnerables, fuera del alcance de cualquier invasión.
Traspasaron el umbral en silencio, con la solemnidad consciente de quien está cruzando una puerta legendaria. Al otro lado la cosa cambiaba bastante, el brillo y el oropel perdían fuerza, al lado de las riadas de basuras, desperdicios y muebles rotos que infestaban las calles y moradas. De tanto en tanto había tugurios nauseabundos de los que salían individuos de dudosa catadura, hombres que parecían demonios y mujeres que parecían rameras de la peor calaña. Les miraban con ojos vacíos
–Eh, John –exclamó el viejo Belfast, encendiéndose un cigarrillo–, parece que después de todo el Cielo no es tan diferente del Infierno.
John Shaft le entendía perfectamente porque sentía lo mismo, esa aguda repulsión y ese mismo desencanto. Todo era fachada, dorado cartón piedra lleno de gusanos en su interior. Tan decadente como el mundo en el que habían estado hacía bien poco el irlandés y él, hablando con un viejo de salvar el cosmos. No creía que allí, sin embargo, fueran a encontrar a nadie preocupándose por nada, mucho menos por el destino de otros.
–No son nada –la voz de Misaki sonaba dubitativa, como si estuviera hablando consigo misma y no con los demás–. No están aquí, no existen. Caras y cuerpos sin verdadera sustancia detrás. Puedo sentirlo.
Belfast asintió.
–Es lógico. Solo los Amos pisaron este lugar antes que nosotros. Esta gente no son sino marionetas en su teatro –dio una larga calada y tiró la colilla de su cigarro al suelo–. Attrezzo para su ciudad ideal.
–Entonces –dijo Zabbai– debemos asumir que ya saben que estamos aquí.
–No –contestó el pelirrojo–, sus ojos son los de ellos, sí, pero los Amos están lejos de ser omnipotentes. Además, en el momento que nos detecten, nos daremos cuenta por las espadas que tratarán de rebanarnos la cabeza. Aun así, la discreción es nuestra mejor opción, por el momento.
El irlandés murmuró unas palabras y unas capas con capucha parecidas a las de Shaft los cubrieron a él mismo y al resto de sus compañeros.
–No es muy elegante, pero bastará de momento.

Se internaron más en la ciudad, la mezcla de suntuosa arquitectura y escoria portuaria se hacía más evidente a cada calle que cruzaban.
Misaki se detuvo en seco.
–Están aquí.
Los demás alzaron la vista al unísono, hacia la torre que se elevaba hasta perderse entre las nubes.
–Joder –masculló Shaft– otra vez, no…
–¿Cómo entramos? –preguntó el hombre-máquina.
Zabbai Zainib desenvainó su espada.
–Por la puerta principal.
Asari Misaki mostró una leve sonrisa de aprobación y se llevó la mano a la katana. Belfast la detuvo.
–Nosotros no. Tenemos algo más importante que hacer.
En ese momento, la espada de la reina de Istiria se acercó al cuello del irlandés a toda velocidad, deteniéndose a escasos milímetros de su piel.
–Basta de mentiras, demonio. Basta de secretos. Si crees que puedes dejarnos en la estacada y…
–Dice la verdad, Zabbai –la interrumpió Shaft.
La mujer guerrera bajó la espada lentamente. Confiaba casi ciegamente en el policía, pero aun así, se trataba de Belfast. No podías creer una palabra de ese demonio.
–No más mentiras  –dijo éste como si le leyera el pensamiento–. No más secretos. Pero si no dejas que haga lo que debo, tampoco habrá más existencia de la que preocuparse. Misaki, te necesito conmigo.
La Sombra asintió, dubitativa pero a la vez con decisión, como si una parte de ella le dijera que eso era lo correcto, aunque su mente y sus entrañas le dijeran otra cosa. Krieg dio un paso adelante.
–Si va ella, yo también.
Belfast asintió.
–Y yo –susurró la voz de Tynan–. Yo… también voy…
–¡Ni hablar! No te quiero conmigo, viejo. No me fío de ti.
–¿Tú no te fías? ¡¿Y quién me traicionó y me dejó en una isla para morir, maldito mocoso?!
Aunque el capitán hablaba con Belfast, fue Krieg el que se sonrojó. Para él el recuerdo estaba cercano.
–Mira –continuó, más calmado–, creo que sé lo que tienes que hacer, y te será más fácil con mi ayuda. Además… tengo tanta culpa como tú en todo esto… más, de hecho… mucha más…
–Está bien –dijo al fin el falso irlandés–. Ven con nosotros si quieres.
–Eh, chicos –la voz de John Shaft sonaba más resignada que alterada–, no es que quiera interrumpir el momento dramático, pero quizá no deberíais haber empezado a discutir a gritos en mitad de la calle.
Los piratas, putas y el resto de escoria portuaria que decoraba la ciudad se había congregado a su alrededor con los ojos fijos en ellos y las espadas en las manos.
Belfast sonrió y, de nuevo, un destello verde iluminó sus ojos mientras desenfundaba sus dos Desert Eagle.
–Parece que vamos a tener que hacerlo por las malas.

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