viernes, 2 de septiembre de 2011

LOS AMOS DEL DESTINO - 1

SEGUNDA TEMPORADA:
CAPÍTULO 1 - Retorno anunciado
por Alex Godmir

Siete fueron los pasajeros que acabaron reuniendo sus caminos en un navío de nombre Destino. Cada uno con sus propias vidas y pasados, dejados a un lado para pasar a formar parte de una senda que ninguno sabe a dónde lleva. Asari Misaki, conocida como la sombra, Böortryp, el hombre máquina, Cecil Deahtlone, médico de Rama de Vida, John Shaft, policía de Nueva York, Willibald, cazador de leyendas, Zabbai Zainib, reina en el exilio, y Belfast.
Multitud de aventuras corrieron juntos, entrelazando sus propias vidas con universos y tiempos distintos, a merced de un juego que ninguno de ellos comprende del todo. El Destino y sus amos se sirven de ellos, los guían hacía un camino incierto. Aunque esa senda no está exenta de peligros. La andadura del navío ya se ha cobrado una vida, John Shaft, caído a manos de la que fue más que una compañera de viaje, Zabbai Zainib. Otro pasajero, Cecil Deathlone, quedó atrapado en un lugar de donde pocos escapan y si lo hacen, a un alto precio.

Comienza un nuevo ciclo, con el Destino recorriendo mares y universos, arrastrando consigo a sus pasajeros. Siete deben ser siempre y por esa razón Sgiobair Tynan, el capitán de los espectros malditos, es un pasajero una vez más. ¿Qué nuevas andaduras esperan? Sólo el tiempo lo dirá…


El barco comenzó a vibrar, primero de forma casi imperceptible, para más tarde incrementar su intensidad. Böortryp fue el primero en notar aquellas sacudidas y las reconoció de inmediato. El resto tardaron un poco más en percatarse.
Todos ellos, uno a uno, se dirigieron al lugar donde imaginaban se habían originado. Bueno, no todos. Willibald no tuvo necesidad de ello, pues se encontraba ya en la biblioteca, como resultaba habitual en él.
El portal ya estaba bien formado cuando el último hizo acto de presencia. El primero en acudir había sido Böortryp y un cruce rápido de miradas con el cazador le permitió confirmar lo que se esperaba. Las dos mujeres llegaron juntas, pertrechadas con sus armas aunque descansando en sus cintos. Zabbai llevaba consigo Excalibur, a la que nunca abandonaba desde que ésta la había escogido como su portadora en aquella última misión. Tynan se materializó desde el suelo, haciéndose corpóreo.
El último en llegar fue Belfast, que iba cargado. Llevaba consigo un maletín y una espada, que el resto reconocieron como no suyos.
─ Como ya anunciamos ─la voz se propagó desde el portal, ya completamente formado─, aquí tenéis de vuelta a Cecil Deathlone, vuestro compañero de viaje.
Tras decir aquello el médico cruzó el portal y se mantuvo de pie, ante la mirada de los demás. Iba vestido de la misma forma que la última vez que lo vieron desaparecer, meses atrás, al internarse por aquella misma puerta. Si bien la expresión de su rostro era distinta, más relajada, podía decirse. Sus ojos estaban clavados en la distancia, más allá de ninguno de los presentes. No miraba a nada en concreto.
─ Supongo que estoy de vuelta en el Destino, ¿verdad? ─su voz sonó extraña, casi indecisa y temerosa.
Aquello no acaba de cuadrar con el tono y la seguridad que Deathlone siempre había mostrado al hablar.
─ ¡Bienvenido de nuevo! ─saludó Belfast de forma sorprendentemente efusiva─ Pensábamos que no querías volver a v… ─se cortó a media palabra.
Cecil esbozó una media sonrisa, que el falso irlandés correspondió de inmediato.
─ Quiero decir ─continuó─ que creíamos que ya no querías saber nada de nosotros. Se te echaba de menos.
Willibald miró al pelirrojo con expresión de extrañeza, como el resto de presentes. Menos Tynan, que permanecía impasible. Zabbai se acercó unos pasos hacia el médico, manteniéndose aún alerta.
─ ¿De verdad eres tú? ─preguntó─ ¿No eres un truco de los habitantes de la Duodécima?
Belfast la rebasó, caminando con decisión y negando con la cabeza.
─ ¡Este es nuestro compañero de viaje! ─rió─ Debe de estar algo cansado, ¿verdad Cecil?.
Llegó a la altura del médico y lo cogió del brazo con naturalidad. El otro se sobresaltó por un instante, pero dejó que el pelirrojo guiara su mano, hasta el maletín y la espada.
─ Te he traído tus cosas ─continuó─. Y, si a nuestros amigos no les parece mal, te acompañaré a tu camarote para que descanses un poco. Luego ya nos pondrás al día de lo que has hecho por esas lejanas dimensiones.
Tras decirlo tocó el hombro del médico y le instó a seguir sus pasos. Ambos caminaban juntos, aunque con un andar lento, casi vacilante. Belfast corregía sutilmente la trayectoria del otro, para encaminarlo hacia la puerta.
─ Espera ─habló Böortryp─, quizás antes de descansar deberíamos aclarar un par de cosas. Como por ejemplo que nos explique por qué ahora está ciego.
Willibald miró al hombre máquina sorprendido, comprendiendo al instante el inusual comportamiento tanto del médico, como de Belfast. Las dos mujeres lo miraron también.
Deathlone dirigió su mirada hacia donde se encontraba Böortryp. No porque lo viera, sino tan sólo guiado por el origen de la voz.
─ La duodécima dimensión a todos reclama un precio ─habló con naturalidad─, como tú bien sabes. Ese fue el precio que yo tuve que pagar.
─ ¿Y qué ganaste a cambio? ─preguntó Misaki, que había permanecido callada hasta el momento.
─ Pues por ahora creo que nada demasiado útil ─reconoció con sinceridad─. Aunque el tiempo lo dirá.
Unas carcajadas enfermizas desviaron la atención. Era Tynan.
─ Así que éste es el médico que me dijisteis ─continuó riendo─. Pues con él ya somos otra vez siete pasajeros. Una duda menos por resolver.
Tras decir esto retornó a su estado incorpóreo y desapareció.
Belfast continuó guiando a Deathlone hasta abandonar la biblioteca, mientras los demás permanecía callados, observando cómo se marchaban.
Las dos mujeres intercambiaron miradas, como hacían también Böortryp y Willibald. Zabbai fue la que inició la conversación.
─ Llevamos ya varias semanas en el Destino ─dijo─, sin misión alguna. Y supongo ─miró a Willibald─, que tus pesquisas en la biblioteca no han aportado más luz a los misterios que tenemos.
El otro negó con la cabeza.
─ Los libros que narran nuestras aventuras han permanecido igual ─confirmó─. Del mismo modo que mi búsqueda sobre la primera tripulación del Destino ha resultado infructuosa. Recuerdo haber leído referencias de los miembros. Pero todas ellas han desaparecido, como si los Amos hubieran decidido que no era el momento adecuado de saber.
¿Y qué hay de lo que pasó en la última misión? ─preguntó Böortryp─ Supongo que eso sí aparecerá.
─ Eso es lo más extraño ─reconoció el Señor de Suth Seaxa─. Ahora los escritos del Destino están limitados al que lee ─hizo una pausa al ver que los demás no parecían entender─. Quiero decir que muestran únicamente lo que ha visto o sabe el que lee. No permiten saber lo que los demás hicieron, al margen de lo que uno mismo sabe.
─ No comprendo ─le cortó Zabbai─. Todos sabemos más o menos qué hicieron los demás… qué paso ─se calló un segundo al recordar, con dolor, el rostro deformado de Shaft, segundos antes de que Excalibur le robara la vida.
─ Eso no es del todo cierto ─corrigió Misaki─. Yo sé qué pasó en nuestro encuentro porque lo vi. Como también conozco qué ocurrió en el bosque con el arquero por lo que explicó Willibald. Aunque tengo mis dudas acerca de que lo que nos contó Belfast sobre la torre del hechicero. Y eso es lo que yo he leído cuando Willibald me pidió que consultara el libro correspondiente.
─ El caso ─continuó el Señor de Suth Seaxa─ es que yo, en ese mismo escrito, leí lo que viví y lo que me explicasteis vosotros. Palabra por palabra. Pero eso no tiene por qué ser la realidad de lo que ocurrió.
─ Especialmente en el caso de Belfast ─le cortó Böortryp─. Supongo que los Amos prefieren que no sepamos demasiadas cosas. Algo tienen en mente, estoy convencido. Y sea lo que pretenden, necesitan que actuemos con la menor información posible.
Todos se mantuvieron en silencio, valorando sus propias experiencias y recuerdos. Pero cada uno de ellos tuvo un pensamiento común que compartían, sin saberlo realmente. Todos estaban convencidos de que tanto Belfast como el médico de Rama de Vida sabían más que ellos.

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