viernes, 10 de febrero de 2012

LOS AMOS DEL DESTINO - 24

CAPÍTULO 24 - Llegará el día de los muertos
por L. G. Morgan

No sé dónde estoy, en qué lado de la frontera difusa entre la vida y la muerte, todo arde en penumbras ominosas que me envuelven como un sudario impenetrable. A mi lado hay alguien, la misma presencia que me ha acompañado todo este tiempo, en mi delirio, confortadora y eterna. Kameria, mi maestro –pienso. Y el saberle ahí cerca me conforta lo suficiente para volver a dormirme. Cuando despierto, otra vez busco su sombra en la estancia y trato de incorporarme para alcanzar sus manos. Pero un dolor lacerante me atraviesa y llena mi mente de luces demasiado intensas para poder soportarlas. Así que vuelvo a caer sobre el lecho, vencida.
─ Me has llamado por ese nombre muchas veces –dice la figura mientras se inclina solícita hacia mí. Pero no es Kameria el viejo, sino Tynan… el loco. No sé por qué su rostro adopta esa expresión de ternura, de paciencia infinita cuando me mira. Palpa con delicadeza mis vendajes para asegurarse de que están bien, acaricia mi pelo… ─Pequeña, si supieras cuántas cosas me has dicho, y cuántas no ha hecho falta decir, entre los no muertos es posible comprender sin necesidad de tediosas palabras.
     Pienso que le habla a otra persona, otra pequeña en otra vida. Y no digo nada, espero, recuerdo a retazos estos días en la oscuridad. Tynan y Belfast discutiendo en la habitación. El silencio confortador de Asari Misaki o la voz de Willibald leyendo en un libro palabras que no entiendo. Puedo sentir el ardor atroz de mi pierna izquierda, allí donde se hundió la espada del Halcón. El brazo derecho herido, la cabeza convertida en un yunque donde un herrero afanoso, aprovecha sin descanso para moldear su acero. Retazos de las manos de Cecil hurgando en mi cráneo. O la visión de unos ojos mecánicos observándome desde la puerta. Puedo notar el cabello pegajoso y sucio, el olor del sudor y el miedo. Siento asco de mí misma en este estado. Pero el loco capitán me mira como si fuera la reina que ya no me siento. Trato de hablar y mi voz se parece en mis oídos al graznido del cuervo, áspero y brusco.
─ ¿Cuánto tiempo… ha pasado? –pero me doy cuenta de que es mejor algo más concreto, necesito saber lo que ha ocurrido mientras me moría-. ¿Hemos ganado?
─ Oh, no hay de qué preocuparse. En estos momentos nuestros compañeros están cumpliendo la misión. ¿Sabes? –dice cambiando de tema-, el médico ha debido de dormir casi tan poco como yo, puedes apostar a que ha pasado sus buenas horas de reflexión. ─Empiezo a acostumbrarme a su ritmo errático y le doy tiempo; total, ¡me cuesta tanto hablar!-. Sí, casi puedo comprender su dilema. Una parte de algo compartido, o nada en absoluto. Nadie lo sabría... la decisión es solo de uno.
     Se queda pensativo y cuando vuelve a hablar parece haber olvidado su última frase, ahora el tema soy yo y mis heridas.
─ Te rescató Misaki, ¿no te lo he dicho? Estabas medio muerta y esa pequeña chica te cargó a hombros y te llevó lejos de los problemas. Los muertos acudieron a advertirme y yo corrí adonde yacías llevando al ciego conmigo. Él miró tus heridas con sus manos, luego les aplicó un ungüento para que dejaran de sangrar y por último las vendó. Pero la batalla seguía mientras sin nosotros y no pintaba bien. Misaki y yo volvimos a la lucha dejándote al cuidado de Deathlone. No sé cómo se las arregló para conseguir los instrumentos necesarios, pero te cosió la carne abierta y utilizó algún chisme para eliminar la posibilidad de infección. –La cara de Tynan es reflejo de su asombro. Luego continúa con la historia de la guerra-. Los Halcones vendieron caras sus vidas pero vencimos al fin, no sin bajas, claro. Si Böortryp no fuera mitad máquina ahora estaría criando malvas, y juraría que el pelirrojo se alegró de tener un ojo falso: aunque se lo dejaron hecho papilla, el ojo y la mitad de la cara, Deathlone logró repararlo después tan bien que ni se nota. Y sabe que pudo ser mucho peor, de no ser por la espada de Misaki su cabeza y su cuerpo andarían por separado. Pero en fin… -suspiró-, lo que cuenta es que vencimos –concluye con tal amargura que me vuelvo a mirarle atentamente, esperando que continúe-. Sí, pequeña, no me mires así, solo importa que cumplamos la misión que unos desalmados han decidido por nosotros. Y ¡cómo lo tenían de decidido!, ya lo creo. Pero los planes no siempre salen bien –susurra con una sonrisa maliciosa bailándole en los ojos-. Ah, que tú no lo sabes, claro. Pues te lo voy a contar, escucha bien:
     Recuerdas que fue el ciego el que nos trajo aquí, ¿verdad?, el que encontró el barco. ¿Y cómo pudo hacerlo?, nos preguntábamos. Pues por el sonido. Gracias al fallo de sus ojos en los últimos tiempos nuestro buen amigo el médico ha desarrollado una extraordinaria capacidad para oír, con todo su cuerpo. Sí, has oído bien, puede captar sonidos y todo tipo de vibraciones, le llegan hasta por la piel. Así supo dónde buscar. Pero supo al mismo tiempo algo más, algo que nosotros no podíamos sospechar siquiera. Comprendió que esa onda, ese pulso que él percibía, solo podía emanar de uno de los Aurus, albergado de alguna forma en el submarino. –Tynan me explica:- Él no sabía que era un submarino, claro, pero daba igual, algún tipo de barco. Y entonces debió de empezar a pensar en las posibilidades, en cómo hacerse con él a espaldas nuestras, al menos yo apostaría por algo así. Y se dio cuenta de que en su estado nunca podría conseguirlo, necesitaba lo quisiera o no la ayuda de los otros. Claro que eso le obligaba a revelar la existencia del instrumento y a compartirlo con los demás. Y compartir no es algo que nos guste a ninguno de los malditos tripulantes del Destino, ¿verdad pequeña? –me guiña un ojo-. La otra opción que tenía era dejarlo correr, sabiendo que sería destruido o perdido de nuevo, cuando mandáramos el barco alemán de vuelta al infierno, o donde quiera que vaya al ser hundido. Y entonces, según nos contó luego, empezó a rondarle por la cabeza una idea muy molesta. Estaba seguro de saber por qué los Amos habían decidido que permaneciera privado de la vista en esta ocasión, para que hallara el barco. Pues bien, acababa de contemplar una posible segunda razón, que se iba haciendo certeza según la sopesaba: los Amos habían anticipado sus reacciones y por eso le querían vulnerable, dependiente de la ayuda de otros; para garantizar que, no pudiendo hacerse con él por su cuenta y riesgo, dejara que el Aurus fuera destruido. A Deathlone, orgulloso como es, el descubrimiento le llenó de cólera. Pero es que además es un tipo práctico y realista, al que los Amos no parecen haber tomado bien la medida. “Mejor una parte de algo que nada, ¿no?”, nos dijo al explicarnos todo. Eso y “que se jodan los Amos”, que remarcó con enorme satisfacción, decidieron las cosas. Nos pusimos ayer mismo manos a la obra, planeando la mejor manera de lograr todos los objetivos de una vez. Esta vez la operación la dirigiría el pelirrojo, puedo dar fe de que sabe lo que se hace, como si conociera bien y desde dentro este tipo específico de submarino, uno de esos U-3000 del tipo XXI… -se interrumpe dándose cuenta de mi completa ignorancia a ese respecto-, da igual, pequeña, ya sé que todo esto no te dice nada. Solo quiero decir que nuestro Belfast parece conocer esos chismes como la palma de su mano y llevó la voz cantante en todo el tinglado, organizando la parte de todos y mostrándose bastante seguro de encontrar el Aurus en las entrañas del viejo cascarón. También Böortryp ha tenido su parte en el asunto, ha conseguido fabricar unos cuantos explosivos que esperan colocar en el morro del aparato para mandarlo de una vez por todas al fondo, al agujero por el que debió de salir. Y hoy, un poco antes de que despertaras, ha empezado todo. Hemos obligado a varios de los prisioneros a que llevaran a los nuestros al submarino, a bordo de sus pequeñas barcas. Y los muertos de la batalla de Abys, que aún nos siguen, han quedado de guardia para que nadie se desmande mientras culminamos el plan. Ya deben de estar en el submarino, colocando la carga, y ahora…
     Tynan se interrumpe porque acaba de aparecer Willibald corriendo dentro de la estancia.
─ Hay complicaciones –dice sin aliento-. Deberíais estar preparados para partir sin demora si fuera necesario. –Mira alrededor como si buscara algo-. Unas parihuelas, algo con lo que trasladar a Zabbai. –Inspira profundamente y dice, haciendo un vano esfuerzo por desmentir algo de su anterior urgencia:- No es seguro que tengamos que irnos… pero el mar, la tierra… -no sabe cómo explicarlo- han empezado a temblar.
 

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